Josep Corretja- Barro bajo la hierbaJosep Corretja- Barro bajo la hierba

Has tenido una larga trayectoria como activista por los derechos humanos y LGBTI antes de publicar tu primera novela. ¿Cómo dialogan esas dos facetas, la del militante y la del escritor?

Durante muchos años mi relación con la palabra estuvo vinculada a la necesidad de explicar, denunciar, argumentar o defender determinadas posiciones. El activismo tiene inevitablemente algo de eso: obliga a nombrar las injusticias y, muchas veces, a tomar partido. La literatura, en cambio, me ha permitido entrar en zonas mucho más ambiguas, donde no necesariamente hay respuestas claras ni personajes que puedan dividirse entre buenos y malos.

Creo que ambas facetas nacen, sin embargo, de una preocupación común: la experiencia del otro, especialmente la de quienes han vivido en los márgenes o han tenido dificultades para encontrar un lugar propio. El activismo me enseñó a escuchar determinadas historias. La literatura me enseñó que esas historias son siempre más complejas que cualquier discurso construido alrededor de ellas.

Por eso intento no convertir la ficción en militancia. Una novela no debería ser un manifiesto. Puede contener una mirada ética, naturalmente, pero necesita preservar la contradicción, la duda y hasta aquello que nos incomoda. Quizá ahí es donde ambas facetas dialogan mejor: en la voluntad de dar visibilidad a determinadas experiencias, pero sin reducirlas a una consigna.

En Barro bajo la hierba abordas temas como el trauma, la exclusión y la identidad. ¿Cuánto hay de tu experiencia personal en el protagonista?

Hay bastante, aunque sería un error identificar completamente al protagonista conmigo. La materia inicial de la novela procede en buena medida de experiencias personales, recuerdos de infancia, sensaciones de exclusión, episodios familiares y esa percepción, que puede aparecer muy temprano en la vida, de ser de alguna manera diferente.

Pero la escritura transforma inevitablemente todo eso. En algún momento el personaje de JR dejó de ser una proyección autobiográfica y comenzó a tener una vida propia. Hay situaciones que ocurrieron, otras que fueron modificadas y algunas que son enteramente ficticias pero que, paradójicamente, pueden expresar una verdad emocional con mayor precisión que el recuerdo literal.

Siempre me ha interesado esa frontera. La memoria tampoco es un archivo perfectamente fiable. Cada vez que recordamos reconstruimos de algún modo aquello que ocurrió. La literatura lleva ese mecanismo un poco más lejos.

Así que hay mucho de mí en el protagonista, pero no necesariamente donde el lector podría suponerlo. Y también hay cosas que nunca me sucedieron y que, después de escribirlas, siento extrañamente cercanas.

El libro explora la infancia desde el dolor y la fragilidad, pero también desde la resistencia. ¿Crees que revisitar esos recuerdos puede ser un acto político?

Sí, aunque no necesariamente político en un sentido partidista o ideológico. Creo que recordar puede convertirse en un acto político cuando significa recuperar una experiencia que había quedado silenciada o sometida a la versión de otros.

Las familias, igual que las sociedades, construyen relatos sobre sí mismas. Hay cosas de las que se habla y otras que se omiten; determinados acontecimientos se reinterpretan y algunos dolores simplemente desaparecen del relato familiar. El niño, además, casi nunca tiene el poder de imponer su propia versión de lo ocurrido.

Volver muchos años después a esos recuerdos significa también devolverle una voz a esa mirada.

Pero me interesaba evitar una reconstrucción en la que el adulto juzgara constantemente a quienes formaron parte de aquella infancia. La memoria es más contradictoria que eso. Podemos recordar con dolor un lugar y sentir al mismo tiempo una profunda nostalgia por él. Podemos amar a personas que también nos hicieron daño.

Quizá la resistencia de la que habla la novela esté justamente ahí: en recuperar el derecho a contar la propia historia sin necesitar convertirla en una acusación.

La novela también reflexiona sobre los vínculos familiares y sus heridas. ¿Qué te interesaba decir sobre la familia en el contexto de la identidad individual?

La familia es el primer espacio donde aprendemos quiénes somos, pero también donde muchas veces nos dicen quiénes deberíamos ser.

Esa contradicción me interesa mucho. La familia puede ser refugio, protección y afecto, pero también puede convertirse en el lugar donde aparecen las primeras expectativas, los primeros silencios y las primeras formas de exclusión. Buena parte de nuestra identidad se construye negociando con esas expectativas.

En Barro bajo la hierba no quería presentar a la familia como una institución negativa ni construir una genealogía de culpables. Me interesaba algo más incómodo: mostrar cómo el afecto y el daño pueden coexistir. Podemos amar profundamente a alguien que, consciente o inconscientemente, también ha contribuido a nuestras heridas.

Y, pese a todo, nunca terminamos de desprendernos completamente de esos vínculos. Incluso cuando nos alejamos, continuamos dialogando interiormente con ellos.

Quizá una parte importante de hacerse adulto consiste precisamente en decidir qué heredamos de nuestra familia y qué dejamos atrás.

Josep Corretja- Barro bajo la hierba
Josep Corretja- Barro bajo la hierba

Has vivido el proceso migratorio y la experiencia de la diáspora. ¿De qué manera esa vivencia permea tu escritura?

Migrar modifica profundamente la relación que uno mantiene con la identidad. Cuando abandonas el lugar donde has crecido descubres hasta qué punto muchas cosas que parecían naturales eran, en realidad, culturales: el idioma, las formas de relacionarse, determinados códigos sociales e incluso la manera de entender el tiempo o la pertenencia.

La diáspora tiene además una condición paradójica. Uno puede dejar físicamente un país y continuar habitándolo durante décadas a través de la memoria. Y, al mismo tiempo, después de muchos años fuera, puede descubrir que ya tampoco pertenece completamente al lugar del que salió.

Ese territorio intermedio me interesa mucho literariamente.

En mi caso, la experiencia migratoria seguramente ha acentuado la sensación de que la identidad nunca es algo completamente fijo ni estable. Podemos pertenecer simultáneamente a varios lugares, lenguas y culturas y, sin embargo, sentirnos extranjeros en todos ellos.

Creo que esa experiencia aparece en Barro bajo la hierba, incluso cuando no se habla directamente de migración. Hay personajes que están continuamente buscando un lugar —geográfico, familiar, afectivo o interior— donde poder reconocerse.

Muchos lectores han descrito la novela como un viaje psicológico. ¿Qué papel crees que juega la literatura en la salud mental y en la construcción del yo?

La literatura puede ayudarnos a poner palabras allí donde antes había solamente sensaciones difíciles de comprender. Y eso no es poca cosa.

No creo, sin embargo, que escribir sea automáticamente terapéutico ni que la literatura pueda sustituir otras formas de ayuda cuando son necesarias. Hay experiencias que la escritura puede incluso volver más dolorosas al obligarnos a mirarlas de nuevo.

Pero escribir y leer permiten algo fundamental: construir un relato.

Nuestra identidad depende en buena medida de las historias que nos contamos sobre nosotros mismos. Cuando esas historias son demasiado rígidas —cuando creemos que somos únicamente aquello que nos ocurrió— podemos quedar atrapados dentro de ellas. La literatura introduce otras perspectivas y otras posibilidades.

Mientras escribía esta novela comprendí también que recordar no significa necesariamente recuperar una verdad objetiva. Significa reinterpretar. Cada recuerdo cambia ligeramente dependiendo del lugar desde el que lo observamos.

Quizá por eso la literatura puede intervenir en la construcción del yo: porque nos recuerda que nuestra historia no está completamente terminada mientras sigamos siendo capaces de contarla de otra manera.

El título, Barro bajo la hierba, sugiere lo que permanece oculto bajo la superficie. ¿Qué verdades querías desenterrar con esta historia?

El título surgió precisamente de esa imagen: una superficie aparentemente tranquila bajo la cual existe otra materia, más oscura, húmeda e inestable.

Me parecía una buena metáfora de la memoria y también de las familias. Muchas veces construimos relatos bastante ordenados sobre nuestra vida. Recordamos determinados acontecimientos, olvidamos otros y terminamos presentándonos ante los demás —y ante nosotros mismos— como si nuestra biografía tuviera una coherencia que quizá nunca tuvo.

Debajo de esa superficie permanecen los silencios, los miedos, los deseos, las contradicciones y las heridas.

Esas son las verdades que me interesaba explorar. No grandes secretos necesariamente, sino aquellas pequeñas cosas que una familia o una persona aprende a no nombrar.

Pero tampoco quería que el barro tuviera solamente una connotación negativa. El barro es también tierra fértil. La hierba crece precisamente gracias a aquello que se encuentra debajo.

De alguna manera, somos también el resultado de esas zonas oscuras que hemos aprendido a integrar en nuestra vida.

Has trabajado en organizaciones sociales en Cataluña. ¿De qué modo ese entorno influye en tu visión literaria y en la sensibilidad del libro?

El contacto prolongado con personas procedentes de contextos sociales, culturales y nacionales muy distintos cambia inevitablemente la manera de mirar.

Una de las cosas que he aprendido es a desconfiar de las categorías demasiado simples. Cuando trabajas con personas concretas, palabras como migrante, refugiado, extranjero, homosexual, vulnerable o excluido empiezan a resultar insuficientes. Pueden describir una circunstancia, pero nunca una vida.

Detrás de cada etiqueta existe una biografía mucho más contradictoria.

Creo que esa experiencia ha influido profundamente en mi manera de construir personajes. Me interesan aquellos que no pueden explicarse mediante una sola característica y que incluso pueden comportarse de una manera que contradiga la imagen que tenemos de ellos.

Cataluña, además, es para mí un espacio donde confluyen muchas identidades, lenguas y experiencias migratorias. Vivir aquí ha reforzado mi interés por las identidades híbridas y por las personas que habitan entre distintos mundos.

Todo eso termina entrando en la escritura, muchas veces sin que uno lo haya decidido conscientemente.

Finalmente, ¿cómo imaginas tu camino como escritor después de esta primera obra? ¿Hay ya nuevas historias en camino o sientes que esta aún no ha terminado de decir todo lo que debía?

Creo que Barro bajo la hierba dijo lo que tenía que decir, aunque eso no significa que yo haya terminado de dialogar con ella. Probablemente ninguna novela se termina del todo para quien la escribe. Durante mucho tiempo continuamos descubriendo cosas que estaban allí sin que fuéramos plenamente conscientes de ellas.

Pero también siento la necesidad de avanzar hacia otros territorios.

Me interesa cada vez más una narrativa menos estrictamente autobiográfica, con estructuras más complejas, distintas voces y perspectivas que puedan incluso contradecirse entre sí. Me atrae especialmente la idea de explorar cómo una misma vida podría haber sido diferente si determinadas decisiones o circunstancias hubieran cambiado.

Sigo interesado en algunos de los temas de Barro bajo la hierba: la memoria, la identidad, el desplazamiento, el deseo, la familia y esa sensación de que debajo de una existencia aparentemente ordinaria pueden coexistir muchas otras vidas posibles.

Así que sí, hay nuevas historias.

Y quizá escribir consiste justamente en eso: descubrir que cuando creemos haber terminado de contar una historia, en alguna parte ya ha empezado la siguiente.

Josep Corretja- Barro bajo la hierba
Josep Corretja- Barro bajo la hierba

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