Su libro parte de tres presencias muy fuertes: Goya, Ortega y usted mismo. ¿Fue difícil equilibrar esas tres voces sin que una devorara a las otras?
«Fue el gran reto del libro, pero la clave estuvo en entender que no competían, sino que se necesitaban. Ortega pone el mapa conceptual, Goya pone las imágenes y el misterio, y yo pongo el suelo, la experiencia cotidiana y el humor. En lugar de devorarse, se complementan: el filósofo y el pintor aportan la genialidad, y yo aporto la humanidad y el punto friki para que el lector no se sature.Es más, creo que se ha quedado corto todo esto que ahora me viene a la cabeza gracias a un trabajo bien hecho. Como pasa siempre en la vida, las respuestas a las preguntas se suelen hallar en las mismas preguntas y me dan ganas de escribir una segunda parte que me plantearé para el futuro.«
¿Qué vio en Goya que no encontraba en otros artistas para convertirlo en el centro de esta obra?
«Encontré una honestidad brutal que no tiene ningún otro pintor. La mayoría de los artistas de su nivel pintaban para complacer al poder, para embellecer el mundo o para pasar a la historia. Goya no. Goya se vació en las paredes de su casa; pintó sus propios miedos, su sordera y la locura de su época, sin importarle gustar, a nadie. Ese nivel de desgarro y libertad no lo encuentras en ningún otro sitio.»
La almohada del título remite al sueño, al descanso, pero también a la inquietud. ¿Qué simboliza exactamente dentro del libro?
«Simboliza ese espacio intermedio donde chocan el descanso y la inquietud. La almohada es el refugio cotidiano de nuestros sueños, pero también el lugar donde despiertan nuestros monstruos y obsesiones cuando se apaga la luz. Conecta directamente con ese Goya que nos avisa de que el sueño de la razón produce monstruos; es el escenario donde lidiamos con nuestra propia mente.»
¿Hasta qué punto este ensayo es también una forma de autorretrato?
«Al cien por cien. Todo libro sobre las obsesiones de otros termina siendo un mapa de las obsesiones de uno mismo. Al hablar de la sordera de Goya, de las dudas de Ortega o de la pasión del friki, en realidad me estoy desnudando yo. No es un autorretrato narcisista, sino el reflejo de un hombre que utiliza el arte y la filosofía para entender quién demonios es.»
Goya suele asociarse con la oscuridad, los monstruos y la denuncia. ¿Cree que seguimos viviendo rodeados de nuestros propios caprichos y desastres?
«Sin duda, solo que hoy nuestros ‘caprichos’ tienen pantalla y redes sociales. Goya retrató la estupidez humana, la superstición y el egoísmo de su época, y si levantara la cabeza vería exactamente lo mismo en la nuestra: desinformación masiva, linchamientos públicos y polarización. Los monstruos no han desaparecido; solo han cambiado los trajes por algoritmos.»
En la obra hay una defensa clara de mirar el arte desde la experiencia vital, no solo desde la teoría. ¿Nos hemos acostumbrado a explicar demasiado el arte y a sentirlo demasiado poco?
«Totalmente. Hemos convertido el arte en una asignatura escolar o en un código QR en la pared de un museo. Pasamos más tiempo leyendo el cartelito de la explicación que mirando la obra. Nos hemos hiperracionalizado por miedo a no entender, cuando el arte, antes de ser una idea en la cabeza, es un golpe directo en el estómago. A Goya hay que sentirlo antes de explicarlo.»
¿Qué le interesa más de Ortega: su filosofía, su mirada sobre el arte o su forma de entender la vida como circunstancia?
«Me quedo, sin duda, con su idea de la vida como circunstancia. Para mí, es el núcleo de todo. No puedes entender su filosofía ni su mirada sobre el arte sin ese ‘yo soy yo y mi circunstancia’. Es una idea radicalmente moderna: nos dice que no somos espectadores pasivos, sino que estamos atrapados en un tiempo y un lugar, y que el arte y el pensamiento son las herramientas que tenemos para salvarnos en medio de ese naufragio.»
El libro parece rechazar la solemnidad sin renunciar a la profundidad. ¿Le preocupa que a veces el pensamiento se vuelva inaccesible por exceso de rigidez?
«Muchísimo. En el mundo cultural hay un vicio terrible: confundir lo solemne con lo profundo y lo ameno con lo superficial. Parece que para hablar de cosas serias hay que ponerse corbata y usar palabras incomprensibles. Es un error. La rigidez aleja a la gente y vacía las aulas. El pensamiento de Ortega y el arte de Goya son demasiado valiosos como para encerrarlos en un búnker de elitismo.»
Usted ha trabajado como pintor, docente, investigador y creador multidisciplinar. ¿Este libro une todas esas etapas de alguna manera?
«Más que unir etapas cronológicas, une las herramientas que he ido acumulando. Nunca he dejado de ser pintor cuando doy clase, ni dejo de ser docente cuando investigo. En este libro he dejado caer todas las etiquetas y las he puesto a trabajar juntas. El resultado es un ensayo que tiene el ritmo de una clase dinámica, el descaro de un estudio de pintura y la profundidad de una investigación.»
En su trayectoria aparece una relación crítica con el dinero, el arte y el valor. ¿Cree que el mercado condiciona demasiado la forma en que miramos y juzgamos una obra?
«Totalmente. Hemos confundido el valor con el precio. Hoy miramos una obra en un museo o en una feria y lo primero que calcula nuestra cabeza es cuánto cuesta en el mercado, no qué nos está transmitiendo. El mercado ha colonizado nuestra mirada, volviéndola perezosa: si es caro, asumimos que es bueno; si es barato, lo ignoramos. Goya precisamente rompió con eso al pintar para sí mismo en las Quinta del Sordo, demostrando que el arte más libre no cotiza en bolsa.»
¿Qué lugar ocupa el humor en un libro que habla de arte, filosofía, genios, oscuridad y condición humana?
«Ocupa un lugar central: es el flotador que nos permite nadar en esas aguas tan profundas sin ahogarnos. Si hablas de la oscuridad de Goya, de la densidad de Ortega y de las crisis de la condición humana sin una gota de humor, terminas escribiendo un epitafio aburridísimo. El humor no resta seriedad a las cosas; al contrario, es lo que nos permite soportar la lucidez sin volvernos locos.»
Si Goya pudiera leer este libro, ¿qué cree que le diría: se reconocería, se enfadaría o se reiría de usted?
«Estoy seguro de que se reiría, sobre todo de mí. Goya tenía un sentido del humor negrísimo y una lucidez implacable para captar la ridiculez humana; se daría cuenta enseguida de que el libro está escrito desde la admiración absoluta, pero también desde el descaro. Creo que se reconocería en el espejo que le pongo y, después de soltar una carcajada sorda, me invitaría a un vino para seguir rajando del mundo.»
Comprar «Wilko von Prittwitz – Goya Una almohada, un filósofo y un friki»: https://amzn.to/4vYS5pk



