• Tus novelas están conectadas por un escenario común y abordan temas como el peso del pasado, los secretos y las relaciones humanas. ¿Qué te llevó a explorar estas temáticas y qué te interesa especialmente de ellas? 

El escenario común es un bar (El gato que ladra) que sitúo en Santander cerca del Ayuntamiento y frente a un instituto, el Cristóbal Colón. En realidad, es un bar que nunca existió más que en mi imaginación y que ubico en la calle Santa Clara, frente al instituto del mismo nombre en el que yo estudié. Como mi padre tuvo un bar, el Capitol, yo crecí sabiendo que un buen camarero es como un confesor laico que reconoce los matices, la idiosincrasia de cada parroquiano. 

Me llevó a explorar esas temáticas mi interés por la psicología, por las enfermedades raras (en mi poemario Colección de flores raras, por ejemplo, abordo síndromes insólitos) y las enfermedades mentales (más comunes de lo que pensamos: síndrome de Diógenes, depresión, TOC…). En la primera novela, uno de los protagonistas padece trastorno obsesivo compulsivo, cuya prevalencia según las estadísticas fluctúa entre el uno y el cinco por ciento de la población. En mi opinión, tal vez incluso el cinco se quede corto, puesto que no se busca ayuda salvo en casos graves, aquellos en que esos rituales y manías sean incapacitantes. En la tercera, el protagonista es un enfermo terminal de cáncer. Esto echa para atrás a algunas personas, pero Pepe nos da una lección de entereza y de bien morir. A mí, como a él, me gusta nombrar las cosas por su nombre, no andar con paños calientes, y afrontar las adversidades. En la novela, el narrador protagonista advierte de que no hay que tener miedo de las palabras, las palabras no embisten por el mero hecho de designar la realidad; a la que hay que temer y, si se puede, domar es a esta. Por otro lado, el elemento de la intriga siempre me atrajo. Sumadas unas cosas y otras, dio este resultado.

  • En «El gato que ladra» hablas de las secuelas emocionales y de cómo los personajes intentan salir adelante a pesar de sus heridas. ¿Crees que la literatura es una herramienta para sanar o para comprender mejor el dolor?

Lo confirmo totalmente. La vertiente terapéutica de la literatura está fuera de toda duda. ¿Qué lector no se ha sentido identificado y se ha dicho: “Ah, pero esto que me pasa a mí no es tan raro entonces”? ¿Quién no se ha visto reflejado en traumas, personajes, historias y eso le ha hecho sentirse un poquito más en paz consigo mismo? En las tragedias griegas, la catarsis purificaba el resquemor de los espectadores, liberaba su rencor y sus dudas, purgaba su malestar y suscitaba un sentimiento de compartir con el resto mucho más de lo que nos diferencia. Y quiero creer que, como toda terapia, empieza sanando al doliente y acaba mostrándole que la compasión y la empatía le acerca un poco a la felicidad.

  • Tu formación en Filología Hispánica y tu tesis sobre el comportamiento no verbal en la literatura revelan una gran preocupación por la psicología de los personajes. ¿Cómo influyen estos conocimientos en tu forma de escribir y desarrollar a tus protagonistas?

Mi formación me permitió estar siempre cerca de la literatura, pues he sido profesora de Lengua y Literatura durante treinta y cinco años. Pero poco más, al arte de la escritura ya me había yo plegado desde mi más tierna infancia. 

La tesis sí me abrió una idea más amplia del mundo de la comunicación, porque todo cuerpo significa, no hay vacío posible ni en el silencio. Los objetos adquiridos nos definen. Y lo que se expresa con la simple presencia adquiere mil formatos y canales de los que deberíamos ser todos bien conscientes para no engañarnos ni dejarnos engañar. El sesenta y cinco por cierto de toda la información que descodificamos nos llega por el comportamiento no verbal. Una mirada, un gesto, un movimiento de las manos o de los pies, la orientación de la cadera o del tronco, la ocupación del espacio, el ritmo y el volumen de la voz y un largo etcétera de parámetros son transmisores de nuestros sentimientos y pensamientos más profundos. Cuando nos dominan o no sabemos descifrarlos tenemos muchas cartas para perder en la contienda comunicativa.

El gato que ladra, obra de la autora.
  • Has publicado tanto poesía como narrativa. ¿Qué diferencias sientes al escribir en cada género y qué te aporta cada uno a nivel creativo?

Son dos caras de una misma moneda. Con ambas intento asistir al hallazgo de la creación o la recreación de un instante, una emoción, un desliz… 

La poesía exige menos tiempo por su brevedad, pero parte de un arrobo, de un asombro, de un impacto, de una mirada genuina que provoca un choque de vagones, el de la realidad, el de la música, el del “sorprendimiento” y el de la imaginación. Sin ese estallido, la escritura sería simple descripción, informe, memoria o expediente, sin luces ni sombras, sin pasión ni trascendencia, sin literatura. 

La novela exige mayor disciplina. La magia del pulso narrativo es que, una vez tienes claro, qué deseas perfilar o hacia dónde irá la historia (no siempre fácil para los escritores de brújula, más que de mapa), la lucha contra el papel en blanco da paso a una catarata que te arrastra y no te permite mirar atrás. El tiempo se hace corto entonces. Solo más tarde la corriente se remansa y se sucede la tediosa tarea de las infinitas revisiones. En mi narrativa paso por épocas de secano y épocas de cosecha ingente. La historia te tiene que encontrar.

  • En “El camarero de El gato que ladra”, Samu se convierte en una especie de detective improvisado. ¿Cómo surgió este personaje y qué querías transmitir con su historia?

¿Me influyó el trabajo de mi padre? Lo ignoro. Siento que este es un escenario peculiar que da juego para que se encuentren personalidades de todo tipo y ocurran hechos de toda clase. Esa profesión tan dura, tan mal pagada y, con frecuencia denostada como si cualquiera valiese para ello, es un empleo que requiere mucho oficio y grandes dotes de perspicacia para tratar al cliente, para saber cómo encandilarle y que vuelva y se sienta como en casa. Quien no sepa hacer que alguien se sienta bienvenido que no abra un bar, que se dedique a otra cosa. También pienso que un buen barman es un excelente psicólogo, capaz de anticiparse a lo que el cliente pedirá con la seguridad de hacer un pleno, experto en proponer las bebidas o las tapas del gusto de quien llega despistado, avezado en escuchar penas y quejas a sus habituales y contestarles con la palabra idónea. Por eso, los clientes asiduos se sienten una hermandad, una parroquia laica, y encuentran en el bar un segundo hogar.

El camarero de el gato que ladra, obra de la autora.
  • «El dueño del bar» aborda la culpa y la redención a través de José Navarro. ¿Qué papel juega el paso del tiempo en la historia y en la evolución de los personajes de esta trilogía?

El paso del tiempo, que impone sus cláusulas, es un factor clave en nuestro devenir. Con el tiempo asumimos lo que antes no, o nos rebelamos contra lo que soportamos estoicamente, o hacemos un mutis por el foro ante situaciones indeseables o… Sin tiempo no hay nada. Y el pasado siempre está presente, para bien y para mal, en nuestro día a día. Somos descendientes de lo que fuimos y antecedentes de lo que seremos. Por eso es fundamental saber gestionar nuestro tiempo y no abandonarse a su paso como pelusas que el viento mueve. 

En El gato que ladra, que estructuro en cinco partes, la primera se adentra en el pasado remoto (ochenta años atrás); la segunda y la tercera, en la infancia de la protagonista; y la cuarta y la quinta, en el presente en que todo lo anterior desemboca. Ese repaso de la vida de tres mujeres de la misma familia muestra que lo que se vive nos determina o influye.

El camarero de El gato que ladra está narrada de forma cronológica y abarca muy poco tiempo (un mes largo), pero en ella aparece, también, el reencuentro de unos personajes tras treinta años de separación. Porque el tiempo mata, pero también devuelve cada cosa a su lugar. 

El dueño del bar, que parte del presente de una vida a punto de finalizar, nos retrotrae a la época de juventud de este, una etapa en la que se gestaron todos los males, errores y secretos que acarrea hasta la vejez. El lapso de cuarenta y dos años no ha impedido que entre ambos extremos ganase la realidad de la supervivencia.

  • Además de la literatura, te estás formando en cine. ¿Has pensado en trasladar alguna de tus obras al formato audiovisual? ¿Cómo crees que cambiaría la historia si pasara del papel a la pantalla?

La verdad es que me tienta, aunque supongo que es muy difícil. La de El camarero de El gato que ladra la convertí hace tiempo en un guion cinematográfico, pero ahí está, confinada en mi escritorio. Si algún día un director de cine se interesara por ella, me encantaría. Y tampoco me importaría interpretar algún papel secundario o un cameo, ja, ja, ja. Soñar es gratis y euforizante. Tampoco descarto trasladar las otras dos al formato audiovisual. 

La historia no cambiaría en esencia, pero sí supondría reajustes y eliminaciones. El papel admite mayor grado de reflexión y descripción, el ritmo del cine suele ser más rápido y sus imágenes sugieren tanto o más que los diálogos. Probablemente, habría que reducir las intervenciones y el número de personajes y condensar la acción. Pero opino que artes distintas no son incompatibles ni redundantes, sino que más bien se compenetran, y que una puede llegar hasta donde la otra no alcanza y viceversa.

El dueño del bar
El dueño del bar, última obra de la autora.
  • A lo largo de tu trayectoria, has sido finalista en varios certámenes y has publicado numerosas obras. ¿Qué le dirías a quienes sueñan con dedicarse a la escritura, pero temen no encontrar su lugar en el mundo literario?

Primero les abriría los ojos para que sepan a qué se enfrentan. Esto no es llegar y besar el santo, es una carrera de obstáculos. Se necesita preparación, perseverancia, grandes dosis de idealismo, lecturas y observación continuas, y curiosidad para aprender siempre. Nunca hubo tantas posibilidades y tan pocas. Hoy escribimos muchísimas personas; por tanto, la competencia es brutal. Pero existen caminos que antes no existían. Si uno tiene fe en sí mismo, se puede autopublicar (con un cierto desembolso, cada uno es libre de gastar en sus “vicios”) o publicar a través de Amazon, que da muchas facilidades y es gratuito. Los jóvenes usaban mucho Wattpad. Y hay abundantes clubs de escritura, como puede ser el de Fuentetaja, en que de forma online publicas tu participación en sus concursos. También les instaría a que se presentasen a certámenes literarios cuyo premio incluya la publicación, aunque no todos tienen buena prensa ni son limpios. Y, por último, a que enviasen sus manuscritos a editoriales pudientes y a editoriales pequeñas que apuesten por nuevos escritores. Nunca se sabe y ahora, a través del correo electrónico, es barato y fácil.

Deja una respuesta