1. El terrorismo yihadista ha pasado de necesitar territorios, estructuras y espacios físicos a poder difundir su ideología a través de una pantalla. ¿Estamos ante un cambio tecnológico o ante una transformación cultural mucho más profunda?
Creo que estamos ante algo mucho más profundo que un simple cambio tecnológico. La tecnología ha cambiado el medio, pero también ha transformado nuestra forma de relacionarnos, informarnos y construir nuestra identidad. El yihadismo ha sabido adaptarse a esa nueva cultura digital: ya no necesita controlar físicamente un territorio para ejercer influencia sobre una persona. En cierto modo, el territorio que pretende conquistar ahora también puede ser cognitivo.
2. Durante siglos, las ideas extremistas necesitaron predicadores, grupos o espacios de encuentro para propagarse. ¿Qué cambia cuando una persona puede entrar en contacto con ellas en soledad, desde su propia habitación?
Cambia prácticamente todo, porque desaparecen muchas de las barreras físicas y sociales que antes dificultaban el acceso a esos entornos. Una persona puede iniciar un proceso de radicalización sin abandonar aparentemente su vida cotidiana, incluso sin que quienes la rodean perciban cambios evidentes. La habitación se convierte en un espacio conectado permanentemente con comunidades, discursos y contenidos capaces de generar una sensación de pertenencia sin necesidad de contacto físico.
3. En Del Califato al Algoritmo habla del denominado «salto cognitivo» entre consumir propaganda y aceptar la violencia. ¿Qué tiene que ocurrir en la mente de una persona para atravesar esa frontera?
Ese salto es uno de los momentos que considero fundamentales para comprender la radicalización. Consumir propaganda radical no convierte automáticamente a alguien en terrorista; debe producirse una transformación en su manera de interpretar la realidad hasta llegar a considerar la violencia no solo comprensible, sino legítima o necesaria. Cuando la persona deja de preguntarse «¿cómo pueden hacer esto?» y comienza a pensar «entiendo por qué lo hacen», se ha producido un cambio cognitivo enormemente importante.
4. Vivimos rodeados de sistemas diseñados para captar nuestra atención y ofrecernos contenidos similares a aquellos que ya consumimos. ¿Puede una herramienta creada para mantenernos frente a una pantalla terminar modificando también nuestra manera de interpretar el mundo?
Sin duda, y precisamente ahí reside una de las grandes cuestiones que plantea el libro. El algoritmo no necesita tener ideología para producir consecuencias ideológicas: simplemente aprende aquello que consigue mantener nuestra atención y nos ofrece contenidos similares. Si una persona comienza a consumir determinados discursos de manera reiterada, puede terminar percibiendo una realidad cada vez más estrecha y homogénea. No necesariamente porque alguien haya decidido convencerla, sino porque el sistema ha aprendido qué consigue retenerla frente a la pantalla.
5. Hay una generación que prácticamente no recuerda una vida sin redes sociales. Después de años trabajando con menores y entornos educativos, ¿cree que estamos enseñando suficientemente a los jóvenes a desconfiar, contrastar y cuestionar lo que encuentran en Internet?
Creo que todavía no. Durante años hemos enseñado a los menores a utilizar la tecnología, pero no siempre a comprenderla. Saber manejar perfectamente una red social no significa saber interpretar lo que ocurre dentro de ella. En mi experiencia trabajando con menores, familias y centros educativos he comprobado que la prevención más eficaz no consiste únicamente en decirles qué contenidos deben evitar, sino en enseñarles a preguntarse quién está detrás de un mensaje, qué pretende conseguir y por qué ese contenido ha llegado precisamente hasta ellos.
6. Solemos asociar la propaganda a regímenes políticos, guerras o grandes campañas organizadas. ¿Nos cuesta reconocerla cuando adopta el lenguaje, la estética y los códigos propios de las redes sociales?
Muchísimo, porque seguimos imaginando la propaganda con códigos del siglo XX cuando estamos viviendo en el XXI. Hoy puede presentarse como un vídeo breve, un meme, una canción, una imagen aparentemente inocente o incluso una conversación. Cuando la propaganda abandona la apariencia de propaganda resulta mucho más difícil identificarla, especialmente para los más jóvenes. Su eficacia reside precisamente en conseguir que quien la consume no tenga la sensación de estar siendo persuadido.
7. La radicalización suele explicarse desde la ideología, pero detrás existe también una persona que busca identidad, pertenencia o respuestas. ¿Hasta qué punto comprender esas necesidades humanas resulta imprescindible para entender por qué determinados discursos consiguen penetrar?
Es imprescindible. La ideología proporciona un marco, pero muchas veces encuentra terreno fértil en necesidades profundamente humanas: identidad, pertenencia, reconocimiento, propósito o necesidad de encontrar respuestas sencillas a problemas complejos. Por eso no existe un perfil único de persona radicalizada. Comprender la radicalización exige estudiar el discurso, pero también comprender qué necesidad encuentra satisfecha una persona cuando comienza a identificarse con él.
8. Internet ha permitido acceder a más conocimiento que en cualquier otro momento de la historia y, al mismo tiempo, ha creado nuevas vías para la manipulación. ¿Estamos mejor preparados para pensar por nosotros mismos o simplemente estamos expuestos a muchas más voces intentando influirnos?
Tenemos más información que cualquier generación anterior, pero disponer de información no significa necesariamente disponer de conocimiento. El verdadero desafío ya no consiste en acceder a los datos, sino en saber seleccionarlos, contrastarlos y contextualizarlos. Paradójicamente, vivimos en la época con mayor acceso al conocimiento de la historia y quizá también en una de las épocas en las que resulta más sencillo construir una realidad personalizada alrededor de nuestras propias creencias.
9. Su trayectoria combina experiencia en seguridad, criminología, inteligencia, ciberdelincuencia y formación con menores y familias. ¿Hay algo que haya aprendido tratando directamente con personas que difícilmente podría encontrarse en un manual académico?
Sí: que detrás de cualquier teoría siempre hay una persona concreta y que las personas rara vez encajan perfectamente en los modelos académicos. Durante años trabajando en seguridad y especialmente en formación con menores y familias he aprendido la importancia de escuchar antes de interpretar. Los manuales ayudan enormemente a comprender los fenómenos, pero el contacto directo te enseña algo difícil de encontrar en ellos: que una misma conducta puede esconder motivaciones completamente diferentes.
10. Cuando hablamos de terrorismo existe el riesgo de que el miedo simplifique realidades enormemente complejas. ¿Cómo podemos hablar de radicalización yihadista con rigor sin alimentar prejuicios ni convertir a comunidades enteras en sospechosas?
Precisamente diferenciando conceptos y evitando generalizaciones. Islam, islamismo, radicalismo y yihadismo no son sinónimos, y confundirlos no solo es injusto, sino también un error desde el punto de vista de la seguridad. La inmensa mayoría de los musulmanes rechaza la violencia terrorista y, además, muchas de sus víctimas son precisamente musulmanas. Analizar una amenaza con rigor significa identificar conductas, procesos y organizaciones concretas, nunca convertir identidades religiosas o culturales enteras en categorías de sospecha.
11. La inteligencia artificial está haciendo cada vez más difícil distinguir qué contenido procede de una persona, cuál ha sido manipulado y cuál ha sido generado artificialmente. Más allá del terrorismo, ¿qué consecuencias puede tener esa pérdida de confianza en aquello que vemos y escuchamos?
Quizá una de las consecuencias más preocupantes sea que terminemos desconfiando de todo. El problema no será únicamente que podamos creer una mentira perfectamente fabricada, sino que podamos dejar de creer una verdad alegando que también podría haber sido creada artificialmente. Cuando una sociedad pierde referencias compartidas sobre aquello que considera real, se deterioran la confianza, el debate público y hasta nuestra capacidad para tomar decisiones colectivas. Ese desafío probablemente será uno de los grandes problemas de los próximos años.
12. Si durante años la seguridad se ha centrado en detectar amenazas y reaccionar ante ellas, su libro concede una importancia especial a la educación y la prevención. ¿Puede el pensamiento crítico convertirse en una auténtica herramienta de seguridad?
Absolutamente. De hecho, considero que será una de las herramientas de prevención más importantes del futuro. No podemos eliminar todos los contenidos extremistas de Internet ni impedir que alguien intente manipular a nuestros jóvenes, pero sí podemos hacerlos más resistentes frente a esos discursos. Enseñar a contrastar, cuestionar, contextualizar y detectar técnicas de manipulación también es hacer seguridad. La prevención y la educación quizá no produzcan resultados tan visibles como una operación policial, pero pueden evitar que algún día esa operación sea necesaria.
13. Después de estudiar durante años los mecanismos de radicalización y la evolución de las amenazas digitales, ¿hay algún aspecto del comportamiento humano que le preocupe más que la propia tecnología?
Sí: nuestra tendencia a buscar respuestas sencillas para realidades cada vez más complejas. La tecnología amplifica comportamientos humanos que ya existían: necesidad de pertenencia, tribalismo, miedo, búsqueda de reconocimiento o confirmación de nuestras propias creencias. Por eso la tecnología, por sí sola, no es el enemigo. Lo preocupante aparece cuando herramientas extraordinariamente poderosas encuentran nuestras vulnerabilidades humanas y aprenden a explotarlas.
14. El título plantea un viaje Del Califato al Algoritmo. Si tuviera que imaginar el siguiente gran cambio, ¿qué podría venir después del algoritmo?
Probablemente la inteligencia artificial. Si el algoritmo aprendió a decidir qué contenido mostrarnos, la inteligencia artificial puede dar un paso más: crearlo, personalizarlo e incluso interactuar con nosotros. Podemos pasar de una propaganda dirigida a grandes audiencias a una influencia prácticamente individualizada, adaptada al lenguaje, las emociones y las vulnerabilidades de cada persona. Por eso, después del califato y del algoritmo, quizá la siguiente frontera sea la inteligencia artificial; y ese es precisamente un escenario sobre el que creo que debemos empezar a reflexionar desde ahora.


