En su libro La doctrina del shock, Naomi Klein hace un recorrido histórico para exponer una tesis que yo interpreto de la siguiente manera: en contextos críticos, la indefensión que se genera facilita la imposición de medidas que, en circunstancias normales, serían rechazadas totalmente. Y es que, la población, sumida en la conmoción, no responde con lucidez ante el recorte de sus derechos.
¿Os suena?
Aunque la última pandemia que sufrimos es un episodio que no aparece en el libro —ya que este fue publicado mucho antes—, en mi opinión, aquel caos funcionó como una auténtica sacudida, durante la cual se llevaron a cabo acciones que, en circunstancias normales, hubieran generado una fuerte resistencia. Siguiendo a la autora, podría decirse que se aprovechó el miedo y el aislamiento propios de aquella emergencia sanitaria para introducir cambios que, aunque tal vez pertinentes, fueron también muy controvertidos.
Uno de ellos fue el confinamiento domiciliario obligatorio, que únicamente permitió desplazamientos muy justificados. A pesar de lo estricto de la decisión, la verdad es que se normalizó en cuestión de días debido a la angustia imperante. Hasta ese momento, tal restricción de libertades fundamentales sería impensable, sin embargo, se decretó el toque de queda, hubo un estricto control policial y constantes sanciones que, de hecho, fueron anuladas posteriormente por los tribunales, ya que se consideraron inconstitucionales.
Se digitalizó casi todo: teletrabajo, educación virtual, consultas médicas telefónicas, trámites online… A la mayoría de las personas e instituciones las pilló insuficientemente preparadas, sin embargo, se espabilaron en tiempo récord.
¿Quién no se sintió obligado a vacunarse debido a las prohibiciones impuestas a los no vacunados? Se trataba de una fórmula creada de manera exprés. Se desconocía su seguridad, su eficacia y sus efectos a largo plazo. A pesar de la incertidumbre, tuvimos que vacunarnos casi todos. Los demás, en muchos casos, fueron marginados. Esta reacción social dejó entrever la debilidad del pluralismo democrático, que implica respetar la posibilidad de expresar opiniones distintas sin ser excluido del espacio común.
¿Y qué me dicen de la geolocalización, los pasaportes COVID, y aplicaciones de rastreo destinadas a monitorear contagios? No eran eficaces e invadían totalmente la privacidad, mas ¿qué se podía esperar de decisiones adoptadas sin un debate riguroso ni el consenso social propio de una democracia?
Por otra parte, mientras grandes corporaciones (farmacéuticas, tecnológicas) obtuvieron cuantiosos beneficios, otros sectores se paralizaron durante semanas, lo cual arrastró a la quiebra a pequeñas empresas y llevó a la aplicación masiva de ERTES.
Además de las grandes decisiones de control, se adoptaron otras menores que transformaron aspectos cotidianos de la vida social, laboral, de ocio, etc: uso de mascarilla, distancia social, uso del desinfectante, la extensión de las citas previas a casi todos los servicios, circulación unidireccional en muchos lugares, turnos en los restaurantes; los colegios marcaron horarios escalonados, separación de mesas, desdobles de grupos… Todas ellas afectaron las interacciones personales, pero se asumieron con una mezcla de incomodidad y resignación debido a la enorme preocupación por la propagación del virus.
Como vemos, el desasosiego y la urgencia crearon un clima de aceptación de reformas que desdibujaron los límites entre lo que es aceptable en una democracia y lo que no lo es. Bajo presión, el cerebro prioriza la supervivencia, no el debate. Este proceso parece alinearse con la tesis de la citada autora, pues el miedo se convirtió en el aliado perfecto de estrategias otrora inaceptables.
La pandemia ha evidenciado cómo una crisis global puede reconfigurarlo todo, incluso a costa de las garantías fundamentales. Personalmente, aprendí que los derechos se ganan, pero también se pierden. Nunca debemos dar nada por sentado; hoy los tienes, mañana no. Todo es frágil. Somos vulnerables. Por eso, proteger los derechos debería ser una tarea permanente. Que las decisiones para alcanzar beneficios cuestionables sigan siendo la excepción y que el poder se administre con responsabilidad. Solo así se preserva la democracia, respetando la voluntad colectiva de quienes la construyeron. Nuestras libertades no nos fueron dadas sin más: generaciones anteriores las conquistaron con mucho sacrificio. Por respeto a ellas —y a las que vendrán— no podemos permitirnos retroceder.
No obstante, el mayor peligro no está solo en lo que tuvimos que enfrentar, sino en nuestra capacidad de olvidarlo. Una sociedad que pierde la memoria, está condenada a repetir.Desde esta perspectiva, recordar no es simplemente un gesto nostálgico: es una forma de proteger lo conquistado.
Y recuerda, cuando el sistema vuelva a hacer ruido con una mano, mira bien qué esconde en la otra: la serpiente de cascabel agita su cola, pero, en realidad, te ataca con la boca.
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© 2025. Lourdes Justo Adán. Todos los derechos reservados.
Especialista en Educación Infantil, en Educación Primaria y en Pedagogía Terapéutica.
Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación.
Orientadora Escolar.
Docente.
Escritora.
Columnista.
Coach de víctimas de maltrato psicológico.
https://lourdesjustoadan.blogspot.com
