Javier Martín Luque - Abierta de par en parJavier Martín Luque - Abierta de par en par

En tu día a día trabajas con personas que viven situaciones de sinhogarismo crónico. ¿Cómo surgió la necesidad de trasladar esa experiencia al terreno literario?

Esta aventura empezó sin saberlo ni premeditarlo, mientras trabajaba de noche en el Piso Zero de Arrels Fundació, un servicio mixto de baja exigencia para personas en situación cronificada de calle. Fue una necesidad terapéutica en la que colocar mis experiencias, mis miedos, mis inseguridades y mis aprendizajes. Una manera de poner orden sobre mi intervención profesional y de ubicar mis emociones personales. Una forma de supervisión que me ayudaba a dar sentido a mi trabajo y a cuidar mi salud mental. Después de seis años escribiendo, me di cuenta de que aquellos textos querían ver la luz y llegar al máximo de personas para sensibilizar y visibilizar la realidad de muchas mujeres que viven en las calles de nuestras ciudades.

El sinhogarismo femenino sigue siendo una realidad muy invisibilizada. ¿Qué te impulsó a poner el foco específicamente en las mujeres?

Las mujeres, antes de llegar a la situación de calle, han soportado mucha crueldad. Muchas, cuando eran niñas, han sufrido abuso sexual. A lo largo de sus vidas han sido maltratadas y violadas. Al acabar en la calle, esta situación se agrava, e incluso muchas son asesinadas. Muchas de estas historias no salen en la prensa; hasta muertas, su historia sigue silenciada. Por eso, y por mucho más dolor, a todas las mujeres que acompañé les debía Abierta de par en par en castellano y Oberta de bat a bat en catalán.

Casa Camelia, la pensión donde se desarrolla parte de la novela, representa un refugio, pero también un espejo de la desigualdad. ¿En qué medida se inspira en lugares reales?

Casa Camelia se ha convertido en el prototipo de los espacios que necesitamos que se reproduzcan para favorecer la recuperación de las personas sin hogar. Un lugar de alta aceptabilidad, donde se acojan las diversidades de cada persona y donde las casuísticas físicas, de salud mental o de adicciones no sean un impedimento para expulsarlas, sino una condición para entenderlas y cuidarlas como merecen. Un espacio sin prejuicios, profesional, humano y ético, que posibilite oportunidades reales de cambio.

¿Cómo describirías el impacto emocional de convivir con historias tan duras y luego revivirlas en la escritura?

La escritura me ha ofrecido un entorno sanador. También ha sido una oportunidad para el autoconocimiento y para explorar otras disciplinas artísticas que me han acompañado a lo largo de mi vida, pero en las que no había profundizado. Escribir estos relatos tan impactantes ha sido una manera de homenajear, con mucho respeto y admiración, a todas las mujeres que he acompañado. Una oportunidad para resignificar aquellas vivencias y honrar a las protagonistas.

La novela aborda la salud mental, la violencia y la pérdida, pero también la resiliencia. ¿Qué te ha enseñado tu trabajo en Arrels Fundació sobre la fortaleza humana?

Todas las personas en calle son supervivientes; han superado situaciones extremas. Lo han perdido todo, han acumulado tanta pérdida que hasta su propia dignidad les ha sido arrebatada. Pero cuando las conoces, cuando el vínculo que estableces con ellas es seguro, descubres todas sus capacidades, habilidades y potencialidades. Solo necesitan el lugar adecuado y el acompañamiento preciso para volver a respetarse, quererse y cuidarse, y así recuperar su máxima autonomía y reconstruir su lugar en el mundo.

¿Crees que la literatura puede generar un cambio real en la conciencia social sobre la pobreza y la exclusión?

Sí. La buena palabra escrita en un libro, en una película, en una canción, en el teatro, en una coreografía, en un post, o en una manifestación tiene poder de cambio. A lo largo de las diferentes etapas sociales está más que demostrado que la ciudadanía tiene poder; solo tenemos que ejercerlo. Debemos dar rienda suelta a nuestros pensamientos y necesidades y expresarlos de manera individual y colectiva.

Has trabajado en arte, educación y salud mental. ¿Qué puntos en común encuentras entre esos tres mundos?

El arte se ha convertido en un medio desde el que acompañar a las personas para que, a través de la educación, puedan conseguir una buena salud mental. Las diferentes disciplinas artísticas nos permiten trabajar nuestras limitaciones y, mediante la expresión creativa, canalizar nuestros puntos débiles y fortalecer nuestro ámbito emocional. Yo no concibo mi trabajo sin esta combinación. Es mi manera de ser, estar y habitar este mundo. El arte me ayuda a estar bien mentalmente; necesito bailar, enseñar, coreografiar, crear. Para poder cuidar, primero me tengo que cuidar.

¿Qué te gustaría que las lectoras y lectores sintieran después de cerrar Abierta de par en par?

Que las mujeres en situación de calle no son las responsables de estar donde están. Que comprendan que se trata de una cuestión colectiva que tenemos que asumir. Que no podemos cerrar los ojos y pasar de largo. Que los derechos humanos tendrían que estar garantizados para toda la sociedad, y si no lo están, los tenemos que pelear.

En un contexto social donde la empatía a menudo se erosiona, ¿qué papel crees que debe tener el compromiso personal y colectivo?

Aunque hoy día predomine el ruido de una sociedad hostil, en el silencio hay una gran parte de la ciudadanía implicada en intentar minimizar las injusticias. Arrels Fundació es una entidad de voluntariado con más de cuatrocientas participantes que dedican su tiempo a otras personas. Trabajar con este grupo altruista y entusiasta es una oportunidad para aprender y valorar lo necesaria que es una comunidad implicada ante la realidad social que vivimos. Para combatir lo que oprime es imprescindible empatizar con lo que está ocurriendo. El sinhogarismo está más cerca de todos y todas nosotras; es una problemática colectiva.

Javier Martín Luque - Abierta de par en par
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